Por Natalia Young
@youngnata
Los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP) son sustancias químicas de alta peligrosidad que comparten 4 características básicas: son tóxicos para la salud humana y el medio ambiente; son “orgánicos” por tener carbono en su estructura química, lo que los hace ser solubles en grasas y permite que se bioacumulen y biomagnifiquen a lo largo de las cadenas alimenticias; son persistentes, ya que duran años en el ambiente antes de degradarse; y pueden desplazarse a grandes distancias.
Estos contaminantes no se descomponen fácilmente y se detectan altas concentraciones en los alimentos que contienen grasa, como el pescado, la carne, los huevos y la leche. También se acumulan en la grasa corporal de las personas, encontrándose rastros en la leche humana. Están ampliamente distribuidos en todo el mundo, incluso en lugares muy alejados de donde originalmente fueron liberados, convirtiéndose en una amenaza global.
Los más conocidos son los plaguicidas organoclorados, como el DDT, los productos químicos industriales, como los bifenilos policlorados (PCB), los subproductos industriales, como dibenzofuranos policlorados (PCDF), y otros como las dioxinas y los furanos, asociados con la quema de basura e incineración no controlada de residuos sólidos y peligrosos.
Originalmente fueron introducidos durante el auge industrial post Segunda Guerra Mundial, en las décadas de 1940 y 1950. El DDT fue el plaguicida con mayor fama y difusión mundial, utilizado por el ejército de Estados Unidos para proteger a sus soldados de los mosquitos transmisores del paludismo en el área del sudeste asiático.
Los problemas de persistencia y bioacumulación de los plaguicidas organoclorados, fueron conocidos por la opinión pública gracias al libro de Rachel Carson, “Primavera Silenciosa”, publicado en 1962, que advertía sobre los graves efectos de estos plaguicidas en el medio ambiente. Posteriormente, a finales de la década de los 60, se empezaron a evidenciar los daños que causaban en peces, pájaros y mamíferos que vivían en los Grandes Lagos de Norteamérica y alrededores. Las evidencias científicas hicieron que muchos de estos plaguicidas fueran restringidos y prohibidos desde finales de 1960 en países nórdicos; después en la década de 1970 en Estados Unidos y posteriormente en la mayoría de los países del mundo.
En los años que siguieron, las investigaciones arrojaron que incluso a bajas concentraciones de estos compuestos, los efectos en la salud pueden ser inmediatos o crónicos, entre ellos cáncer, disrupciones hormonales, y también alteraciones en el desarrollo reproductivo, el sistema inmunológico y el desarrollo infantil. Además, los científicos señalaron que los efectos de los contaminantes orgánicos persistentes pueden estar influyendo en la expansión del cáncer de mama.
Los vínculos existentes entre las sustancias químicas, otros factores ambientales y el crecimiento del cáncer de mama en las últimas décadas -especialmente a partir de 1940- se recogen en la publicación realizada por la Breast Cancer Fund “El estado de la evidencia: ¿Qué conexión hay entre el medio ambiente y el cáncer de mama?”. En otra investigación dirigida por Nicolás Olea, catedrático de Medicina de la Universidad de Granada, se analizaba la presencia de 17 pesticidas organoclorados en los pechos de las mujeres y si ello guardaba relación o no con un mayor riesgo de padecer este tipo de tumores. El resultado arrojó que las mujeres que se exponían a los efectos combinados de esas 17 sustancias tenían una probabilidad 4 veces superior de tener la enfermedad maligna, frente a las que no se veían expuestas a esas sustancias del mismo modo.
Los resultados de estas investigaciones ponen en evidencia algo obvio, no puede ser casualidad la relación entra la mayor presencia de los tóxicos y el incremento del cáncer de mama, ya que los pechos femeninos son una parte del cuerpo humano con una singular acumulación de tóxicos cancerígenos; y por su contenido en grasas, actúan como receptáculos muy importantes de una serie de contaminantes orgánicos persistentes.
Por décadas, los seres humanos hemos estados expuestos a sustancias químicas en actividades como agricultura, construcción o textil, y como consumidores de productos de uso diario como impermeables, recubrimientos de teflón, bandejas de pizza, papel para hornear, esmalte de uñas y productos alimenticios. En este sentido, hemos venido acumulando contaminantes orgánicos persistentes en los tejidos grasos de nuestro cuerpo y esto hace que los COP sean un problema mundial.
Por esta razón, la comunidad internacional se comprometió a reducir, eliminar y controlar 12 sustancias químicas (conocidas como la docena sucia), a través de la ratificación del Convenio de Estocolmo sobre los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), que entró en vigor a principios de 2004, con el fin de disminuir las concentraciones en el medio ambiente.
El gobierno de Panamá tiene la responsabilidad de elaborar los planes nacionales de eliminación de los COP y desarrollar una política ambiental que aplique el principio precautorio para garantizar la protección del medio ambiente y la salud de todos nosotros, nuestras familias y las futuras generaciones.
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